Albert Monteys PUBLICA, MATADERO CINCO O LA CRUZADA DE LOS NIÑOS (LÁMINA GRATIS)

Este 3 de Diciembre de 2020, Albert Monteys publica «MATADERO CINCO O LA CRUZADA DE LOS NIÑOS» la primera adaptación al cómic de la novela original de Kurt Vonnegut, dibujada por Albert Monteys, es a la vez una mirada mordaz al horror y la tragedia de la guerra, donde los niños son enviados al frente y mueren (así fue y será), y un conmovedor examen de lo que significa ser un humano falible. Publicada por primera vez en 1969 en plena guerra de Vietnam, el potente mensaje antibelicista de la novela, el humor negro y absurdo y las agudas observaciones de la naturaleza humana conservan toda su vigencia.

Y por su estreno, desde GeneraciónX Regalaremos una lámina firmada por la compra de una copia de «MATADERO CINCO O LA CRUZADA DE LOS NIÑOS»

Hace un año celebrábamos el 25 aniversario de GeneraciónX, con motivo de ello organizamos diferentes charlas con diversos autores. Entre ellos Albert Monteys.

Esta entrevista fue llevada a cabo por Gerardo Vilches

Albert Monteys (Barcelona, 1971) comenzó a publicar cómics en la universidad, con sus amigos de La Penya, y desde entonces no ha parado. Tras una larga etapa en El Jueves, revista que llegó a dirigir, participó en el proyecto de Orgullo y Satisfacción y ha alcanzado el éxito internacional con su última obra: la serie ¡Universo!, una revisión de la ciencia ficción clásica desde un punto de vista novedoso.

¡UNIVERSO! De Albert Monteys

Hablemos un poco de dónde estabas tú en el año 94, cuando abre la primera librería de Generación X. En esa época, ¿habías empezado ya a dibujar?

MONDO LIRONDO RETURNS

Sí, el primer Mondo Lirondo había salido en el 92. Era una revista que montamos en la facultad de Bellas Artes, con unos veinte años. Era un comic book de funny animals, mezclado con todas las referencias que nos gustaban de esa época, desde el cine a los dibujos animados, pasando por Robert Crumb, había una mezcla muy loca. Es el primer cómic que hice en la vida, y lo hice con tres amigos. Lo hacíamos todo al mismo tiempo, colaborando. Entiendo que Generación X, cuando abrió, debía de tener Mondo Lirondo, porque se distribuía de forma normal, llegaba a bastantes sitios. O sea que, en 1994, debía de estar haciendo el número 4 o 5.

Incluso antes, imagino que como lector de cómic serías asiduo de las librerías.

Sí, claro.

¿Recuerdas la primera vez que entraste en una? Siempre es un momento importante para un lector de cómic.

ANARCOMA. OBRA GRAFICA COMPLETA

Buena pregunta… Creo que recuerdo la primera vez que entré yo solo, que sería en Continuará. Hoy es una tienda enorme situada en vía Laietana, pero entonces era una librería muy pequeña, en una plaza justo detrás de donde vivo ahora, curiosamente. Recuerdo meterme allí y asustarme un poco, porque yo debía de tener trece años y allí habría algún Anarcoma, cosas así. Recuerdo hojear disimulando hasta que alguien me dijo: «¡Esto no es para ti!» [risas]. Esa fue la primera vez que fui consciente de que había sitios donde solo se vendían cómics.

Porque antes, imagino, los conseguirías en quioscos…

Claro, sí. Las librerías del barrio tenían los álbumes francobelgas: Astérix, Spirou… Los cómics tipo Mortadelo los compraba en el quiosco, de toda la vida.

Esto ha cambiado mucho, ¿verdad? Las librerías de aquella época eran casi zulos.

Sí, cuando hablas con gente de la época en la que surgen las primeras librerías, en los ochenta, te das cuenta de que provenían de la escena underground. Eran sitios donde se vendían cómic underground importados, traídos en coche desde Francia, Holanda… Una de las tiendas más antiguas de Barcelona era Makoki, que estaba en la plaza del Pino, que hoy es un sitio turístico, pero, entonces, estaba llena de drogadictos. Era un sitio donde solo vendían cómics underground. Hubo un tiempo en el que las librerías ni siquiera vendían cómics de superhéroes, por ejemplo, se negaban porque eran militantes de un tipo de cómic muy concreto.

Cuando ya eres dibujante profesional, ¿cómo cambia, si es que lo hace, tu relación con las librerías? ¿Te empiezan a reconocer?

Sí, sí, pero antes de eso, tengo que contar que tuve una primera relación intensa con una librería en el año 89 o 90. Había un fanzine, Arrebato, donde empezó a publicar Paco Alcázar. Era una publicación que partía de la librería Newton, que hoy es Universal. Recuerdo que puso un anuncio que vimos Alex Fito y yo: «se buscan dibujantes de cómic, abstenerse superhéroes». Tuvo una cierta función de aglutinante de gente que estábamos alrededor.

En la época pre-internet era muy importante esa función de las librerías como punto de encuentro de autores que estaban empezando. Me imagino que ahí habrá anécdotas de cuando conocías a otros dibujantes primerizos como tú.

Claro, pero no sé si tanto en librerías como en la Escola Joso, donde fui desde los 14 a los 15 años. Conocí a mucha gente allí. Después, en librerías, como empezamos muy pronto con Mondo Lirondo, enseguida nos empezaron a conocer en todas las de Barcelona. Muchos siguen en activo, así que los tenemos a todos fichados, e incluso algunos son amigos. En Sant Jordi, para mí parte del encanto es visitar todas las librerías.

Sant Jordi parece que se ha convertido en algo descomunal… ¿Siempre ha sido así?

Yo creo que es el peor día del año para comprar libros. Hay gente que solo compra ese día libros, y salen todos a la vez. Las librerías están llenas, hay que hacer cola para pagar, pero, bueno, supongo que sucede como con la Feria del Libro, es un buen momento para estar con autores y editores. Además, como a mí firmar me gusta, me parece un momento chulo, con una cola de gente que está feliz de verte. No tengo ningún problema con eso [risas].

Ya en el año 98 empiezas tu relación profesional con El Jueves y Puta mili. En esa época, ¿notas el cambio al comenzar a publicar en una revista con tanta exposición pública? ¿Te conviertes en una figura más conocida, te reconocían en las librerías?

Alguna vez me ha podido pasar… Pero la gente, aunque notes que te reconocen, muchas veces se cortan. Creo que esto que dices me ha pasado más veces en este último año que cuando estaba en El Jueves. Porque sí es cierto que había cierta sensación de que la revista estaba al margen del mundo del cómic, aunque usaran el mismo lenguaje. Muchas librerías especializadas ni vendían la revista, que se distribuía más por quioscos. El tipo de lector no es necesariamente el mismo. Ahora he tenido más encuentros típicos de fanboy.

Tira cómica de Albert Monteys en la revista «El Jueves»

¿Notabas que estabas en otro canal diferente al del cómic?

Sí; había momentos en los que coincidían los dos mundos, pero en el propio El Jueves te decían cuando entrabas que no era un cómic, era humor… Pero, claro, la generación con la que yo entré en la revista —Manel Fontdevila, Pedro Vera…— éramos lectores y dibujantes de cómic muy militantes, y para nosotros no tenía razón de ser la distinción.

Con Paco Alcázar hablamos de un tema que creo que también se puede aplicar a tu carrera: es el hecho de que pasáis de hacer fanzines a trabajar en El Jueves, y eso hace que cuando suceden algunas cosas que están pasando en el cómic español, por ejemplo, la aparición de De Ponent, Sins Entido o Astiberri, tú estás en ese oasis, al margen de todo. No sé cómo vives toda la transformación del mercado del cómic español.

Cuando yo entro en El Jueves tenía una cierta carrera como dibujante de cómic independiente, con Mondo Lirondo o Calavera Lunar. Y entro pensando que iba a ser mi trabajo: me gustaba hacerlo, pero tenía la ambición de hacer otras cosas, y pensaba que cuando tuviera tiempo las haría. Dieciocho años después… nada [risas]. Recuerdo

Ejemplar de Calavera Lunar

hablar con Fernando Tarancón de Astiberri cuando se acababa de fundar la editorial: me llamó y me dijo que si tenía algún proyecto por ahí estarían encantados de publicarlo. Me pareció genial, le dije que me iba a poner… pero era imposible. El Jueves era un trabajo tan urgente y exigente que, aunque yo iba viendo todo eso, y quería subirme a ese tren, era imposible. No es que me queje, yo en la revista he sido muy feliz y me he ganado la vida estupendamente, pero siempre tenía el runrún. Estaban pasando cosas ahí fuera y algunas coincidían con lo que yo quería hacer.

En esa época, las cosas ya estaban mejorando para los autores de cómic español. Y para el sector en general: en 2001, de hecho, se abría Generación X de la calle Puebla. En los noventa el panorama era mucho más complicado.

Por eso empezamos a hacer nosotros Mondo Lirondo como lo hicimos, porque no había oportunidad de nada más. La novela gráfica quedaba muy lejos.

Es justo esta época, en la que aparecen estas editoriales que comienzan a apostar por libros de más páginas para publicar cómics. Recuerdo que a principios del siglo xxi incluso Glénat estaba apostando por una línea de álbumes, donde publican autores cercanos a ti como Manel Fontdevila, Javier Rodríguez… No sé si esa época te pilló con ganas de hacer algo así o estabas concentrado en El Jueves.

No, durante toda esa época tengo proyectos. De hecho, en Glénat tenía amigos míos. Pero nunca llegaban. Calavera Lunar es un tebeo que funcionó bien en su momento, y había mucha gente que me decía que después de aquello tenía que hacer más en esa línea. Con Glénat estuve a punto, pero nunca lograba terminarlo. Joan Navarro era muy entusiasta y me decía a todo que sí, pero no podía ser. Lo único que llegó a cristalizar fue mucho después, mi tebeo para ¡Caramba!, Ser un hombre: cómo y por qué (2015). Tenía solo treinta páginas y me costó mucho terminarlo.

Mucho antes de eso, llegas a ocupar cargos importantes en El Jueves. En esa época, ¿sigues siendo lector de cómic y visitante asiduo de las librerías?

Sí, siempre he sido muy lector de cómic. De todo, además, nunca ha habido un género que no me haya interesado. A lo mejor al manga he llegado tarde, hay géneros que no consumo mucho, pero he leído de todo. He sido muy comprador y noté la gran diferencia, a nivel editorial: en los noventa, con mi presupuesto, podía leer todo lo que me interesaba. Pero, ahora, con un presupuesto mayor solo puedo leer una parte, tengo que seleccionar mucho más. Pero creo que eso es positivo. En los noventa el formato guay era el comic book de dos euros y, además, no se publicaba mucho. En lo que respecta a los superhéroes quizás me he perdido un poco ya, siempre pregunto por recomendaciones a amigos que están más puestos.

¿Has notado algún cambio en el estilo de las librerías? ¿Crees que se han abierto más al público? Ahora parece que ha cambiado un poco el modelo del que hablabas antes.

Ejemplar de los Simpson Comics

Yo creo que, en los noventa, esa figura del librero de cómic de Los Simpsons existía en varias librerías. A mí me habían llegado a echar de una librería por estar media hora sin decidir qué comprar… No voy a decir nombres, pero me sucedió [risas]. Me podía llegar a sentir incómodo en algunas. Pero creo que esto hoy prácticamente no existe. El año pasado, con la gira de ¡Universo!, visité un montón de librerías, y una de las cosas que me sorprendieron gratamente es que todas eran muy abiertas al público. Sigue habiendo alguna más cerrada, porque creo que existe un tipo de lector que se siente cómodo ahí, pero con los cambios en el mercado han entrado otros tipos de lectores. Hay otro factor que me parece muy significativo y que no sé si es buena señal. De chaval solía arrastrar a mi padre por las librerías para que me comprara cómics, pero, ahora, lo que se ve es a padres que llevan a rastras a sus hijos a las tiendas de cómic [risas]. A ver si los aficionan. Yo creo que los niños se tienen que aficionar ellos solos.

Claro, y leer lo que les apetezca, que muchas veces no es lo que a los padres les gustaría. Siempre hay una tendencia a intentar que los hijos lean lo que les gustaba a los padres…

El mío me decía que tenía que leer Guillermo el travieso, que estaba muy bien, pero a mí me parecía un rollo de su época. Lo mejor que se puede hacer es lo que hago yo con los míos: no darles nunca los cómics. Cuando me preguntan qué es algo les digo que no es para ellos y se vuelven locos [risas]. Así es como les apetece.

En toda esta transformación del cómic en España, ¿qué papel crees que han podido jugar las librerías?

Yo creo que uno fundamental. Han creado una comunidad, tienen actividades, clubes de lectura, ciclos de charlas… Hay una necesidad de ser un espacio vivo para que la gente siga acudiendo y de distinguirse de la sección de cómics de El Corte Inglés, en cierto modo. Que no sea solo un sitio donde ir a comprar. Por otro lado, la mayoría de los libreros son los primeros lectores y fans de los tebeos y eso se nota. Te das cuenta de que cuando un libro funciona es en gran parte porque los libreros lo han puesto en las manos de los lectores, los recomiendan. Cada vez se ve más una selección personal, recomendaciones de las librerías. Es una maravilla.

Antes mencionabas la gira de ¡Universo!

Vivo en una gira constante. ¡Universo! ha ido muy bien y siempre hay alguien que te pide que vayas a algún sitio. Y yo soy muy militante, siempre recomiendo a la gente que compre mi cómic en una tienda en la que la persona que te atienda sea la dueña, que sean negocios independientes. Hay tanta gran superficie, tanto Amazon… Cómpralo en un sitio donde comprar ese libro suponga una diferencia para alguien. Parte de esa guerra es acudir a una librería siempre que me llamen, si puedo.

También parece que, con las charlas y firmas, son cada vez más ambiciosas: se empieza a invitar a autores de otros puntos de España, incluso extranjeros. ¿Tú te acuerdas de las primeras veces que empezaste a firmar? Es un fenómeno relativamente reciente.

Portada del Salón internacional del cómic de Barcelona.

Bueno, yo firmaba siempre en el Salón del Cómic, en el stand de El Jueves. Pero allí los dibujantes estábamos dentro, sin contacto con los lectores. Ellos les daban los cómics a la gente que estaba allí trabajando y nosotros los firmábamos. Te veían, pero estabas como a tres metros, pero, al final, te acababas levantando, porque parte de la gracia es hablar con la gente. En librerías, creo que la primera vez sería con Carlitos Fax. Con El Jueves no íbamos a librerías. En general, y creo que eso nos ha pasado a todos, de cada cinco sesiones de firmas que tengas tres son un desastre. Todos hemos estado en presentaciones en las que había tres personas. Eso también es parte de la magia: cómo saber estar en una mesa con tres personas delante sin parecer súper patético [risas].

Casi es peor que vengan tres a que no venga nadie…

No, no, es mejor que vengan tres, al menos miran el libro, se lo firmas… Pero, bueno, todo esto te curte.

Retomando el hilo de tu carrera, en El Jueves vives momentos importantes de la historia reciente, como el secuestro del número de 2007 con la portada de los príncipes haciendo cosas, pasándoselo muy bien… Pero alguien juzgó que eso era ofensivo.

Sí, que se quieran era ofensivo [risas].

Es uno de los momentos en los que mucha gente vuelve a fijarse en la revista… ¿Tuvisteis mayor exposición? Guillermo y Fontdevila han contado cómo quisieron entrevistarlos de muchas televisiones. ¿Cómo fue en tu caso?

Albert Monteys con el premio «Cómic Barcelona»

Yo soy una persona super tímida, y hablar en medios me resulta muy difícil. Con los años he llegado a ser capaz de hablar en público o en radio, pero las cámaras me dan pánico auténtico. El peor momento que recuerdo es llegar a El Jueves y encontrarme con un presentador, Torito, de Aquí hay tomate. Abro la puerta y se me echa encima. Les dije que no les iba a dar juego, que tenía mucho trabajo… De repente se puso muy humano y me dijo que lo entendía, que no querían molestar, que trabajara tranquilo. Me relajo, me pongo a dibujar, y de repente, entre mi cara y la mesa de dibujo aparece el micrófono del tío [risas]. Me había dicho todo aquello para disimular. Me vi forzado de repente a tener que hablar. Dicen que la cámara te engorda, pero yo perdí cuatro kilos en una semana de puros nervios, no soportaba verme en esas. Además, te das cuenta de que cuando estás en el medio de los cómics te entienden y te preguntan cosas normales, pero cuando te vas a los medios generalistas te preguntan estupideces, les da igual quién eres tú y qué haces. Cuando me dieron el premio de Comic Barcelona me vinieron de España Directo, para ver si podían grabar una pieza, y les dije que sí. Pues la «pieza» era yo sujetando el premio y leyendo muy poco a poco la inscripción: «Mejor… obra… de autor… nacional…». Y me decían: «¡Este premio te lo has llevado tú!». No me hizo ninguna pregunta. Después, en la tele, salió mi cara y un rótulo: «Se ha llevado un premio» [risas]. Cuando sales del mundo de los tebeos te das cuenta de que hay un rollo raro, en los medios les da todo igual, todo pasa por esa trituradora que lo deja todo al mismo nivel. En resumen, no suelo estar muy a gusto en medios generalistas, a no ser que sea con una persona que sabe de lo que habla.

Hay otra cosa interesante que te vincula con las librerías especializadas, que es tu afición a los juegos de mesa, al rol…

Sí, mi faceta de jugón.

¿Te sueles nutrir de juegos en librerías?

Sí, en Barcelona tengo varias a las que voy siempre. No sé cómo se explica que los cómics y los juegos de mesa se vendan en el mismo sitio, no sé cuál es la relación más allá de que pueden compartir una parte del público. Igual si nos gustaran los yogures de piña también había [risas]. Es algo que me parece bien y a nivel comercial seguramente tiene sentido, pero siempre me ha parecido curioso. Por ejemplo, videojuegos no hay… Dicho eso, los juegos me gustan mucho porque me parecen otra forma de contar historias.

También es un mundo que ha cambiado muchísimo, creo que le ha pasado algo parecido a los cómics: se ha abierto a un público generalista. Seguramente, en Generación X, cuando abrió sus puertas, lo que había era juegos de rol y de cartas, pero ahora hay cosas para toda la familia.

Poco se ha hablado de la función de las cartas Magic para mantener abiertas librerías especializadas en pueblos.

¿Pero crees que ha cambiado todo ese mundo?

Sí: ha tenido un boom en los últimos diez años incluso más exagerado que en el caso del cómic. Ha sido un proceso más súbito, en muy poco tiempo. Cada vez hay más gente, los juegos se producen mejor, con mejores mecánicas… Va habiendo innovaciones cada vez más interesantes. Hay una parte un poco peligrosa, que es que tiene un punto de coleccionismo muy loco. A veces me pasa que compro juegos que me parecen chulos pero que sé que nunca los voy a jugar. Me conformo con leerme las reglas.

Sería el equivalente a comprarte un cómic porque te gusta la portada, pero que sabes que nunca lo vas a leer.

No, sería el equivalente a comprar un cómic, hojearlo, y pensar: «leerse este cómic tiene que ser la bomba atómica, pero lo voy a dejar aquí» [risas]. El problema es que necesitas a más gente para jugar, y si es uno de estos mega complejos tienes que convencer a cómplices. Y no siempre los tienes; leer cómics es algo más solitario.

A nivel profesional también has tenido que ver con este sector.

DUNGEON RAIDERS

Sí, de hecho, mi primer trabajo fue en una editorial de juegos de rol cuando tenía diecinueve años o así. Este año, a través de mi afición, ilustré un par de juegos para Devir. Es un trabajo muy curioso. Creo que el de ilustrador y el de dibujante de cómics son dos oficios parecidos pero muy distintos. Tienen sets de herramientas distintos. Yo creo que soy un dibujante de cómics apañado, pero como ilustrador, para mi gusto, aún me faltan cosas por encajar. Pero con el resultado de Dungeon Riders estoy contento y me hace ilusión cuando veo a gente jugarlo.

Esto me recuerda a la serie de ilustraciones que hiciste en el Inktober de 2018, en la que homenajeabas monstruos clásicos de Dungeons & Dragons. El Inktober consiste en que durante el mes de octubre se pone a la venta diariamente un dibujo…

Es la paga extra del dibujante [risas].

En tu caso, doy fe de que fue un auténtico bombazo: no había forma de comprar ninguna, volaban de inmediato.

Sí, se ha convertido en un monstruo. Recuerdo cuando empecé a hacerlo por gusto, hace tres años: alguien me preguntó que, si los vendía y, al final, vendí todos. Al año siguiente ya lo hice de forma más estudiada, con la idea de venderlos. Todo esto tiene su truco: a la gente ya le gustan tus dibujos, pero si dibujas un Batman, vuela. Los personajes icónicos vuelven loca a la gente. Si dibujas a un señor por la calle tiene menos interés. Lo que he acabado haciendo para cada Inktober es coger un tema. Ese año, como dices, cogí monstruos de AD&D. Los que hemos sido roleros hemos tenido esos compendios de monstruos que tenían en general ilustraciones horribles, pero proyectábamos nuestro sentido de la maravilla.

Había algunos especialmente chungos, sí.

Sí, pero nos damos cuenta ahora, en aquellos momentos pensabas que ojalá pudieras luchar contra ese monstruo, porque es lo más bonito que habías visto en la vida. Quería transmitir esa sensación de manual de monstruos viejuno y hacer algo que no había hecho antes.

Retomando tu faceta de dibujante de cómics, después de dejar El Jueves y participar en la creación de Orgullo y Satisfacción, empiezas a hacer El show de Albert Monteys. Creo que es una de tus mejores obras, en la que practicas ese tipo de autobiografía muy autoparódica, con la que siempre nos queda la duda a los lectores sobre qué parte hay de realidad y qué parte hay de exageración.

Portada de «el show de Albert Monteys»

En mi caso, aunque sea absurdo dar porcentaje, yo diría que entre el 60% y el 70% es inventado. El punto de partida sí suele ser algo que me ha sucedido, pero luego la peripecia cómica la tengo que inventar, porque yo, normalmente, soy un tipo muy pocho [risas]. El otro día, en una librería de cómics, me sucedió algo que daría para una entrega de El show de Albert Monteys: había dos chicos mirando la portada que hice para la edición española del tebeo de la boda de Batman. Estaban quejándose y diciendo que era muy fea. Y yo estaba pensando en que, en ese momento, tendría que hacer algo [risas]. Salir de detrás de la estantería y abordarlos, seguirlos a sus casas… Pero mis reacciones suelen ser más pochas en la realidad que en los tebeos.

¿Has tenido anécdotas de este estilo en sesiones de firmas?

A ver, yo siempre digo que el 99% de los lectores son gente normal que quiere su dibujo y su firma, hablar un rato contigo y ya. Incluso alguno me dice que no haga dibujo, que le vale con la firma. Y después hay un tipo de gente que viene con su plan. La portada de Batman, de hecho, me ha metido en un brete. Yo no sabía que había unos cómics con la portada en blanco que publica DC, que solo pone el logo, para que en las sesiones de firmas te dibuje algo el autor, en directo. Y, claro, me piden que dibuje a Batman, pero y a Batman tengo que mirármelo, no me sale solo [risas]. Sé que tiene las orejas puntiagudas, claro, pero no sé cómo son las cartucheras que lleva, esas cosas. La gente me saca el móvil y busca un dibujo para que lo haga [risas]. Pero creo que nunca le he negado un dibujo a nadie. Solo una vez, con un chico que yo creo que era menor de edad, que tenía sueños con unas imágenes muy concretas. Yo estaba firmando Tato en el stand de El Jueves del Salón y decidió que yo iba a ilustrar esos sueños: «Le voy a pedir una cosa un poco rara: un caballo luchando con un chimpancé…». Unas cosas rarísimas. Pues se lo dibujé [risas]. Ni pregunté. Y como vio que yo era el idiota que se lo hacía, se puso a la cola otra vez. Me contó otra movida súper rara y aún se la dibujé, pero a la tercera vez que lo intentó ya le dije que habíamos llegado al límite en esa relación [risas].

Teníais que daros un tiempo.

Sí, sí. Pero, en general, no tengo inconveniente en dibujar lo que me pidan.

Volviendo a El show de Albert Monteys: ¿cómo lo perciben tu pareja y tus hijos?

Me hacen mucho esta pregunta. Yo todo se lo enseño a Mamen, mi mujer. En general,

su reacción es pasar de mí y pensar que al final haré lo que yo quiera, pero me quedo tranquilo [risas]. Pero tengo claro que, así como yo soy yo deformado y llevado a un cierto extremo, Mamen no es Mamen: es el payaso listo, un personaje que me da la réplica. Pero, con el tiempo, sí que le ha preocupado que la gente piense que ella es así realmente. Y tengo que decir que en casa nos queremos mucho y hay una relación muy guay [risas]. En la presentación de Barcelona estuvo mi familia haciéndome preguntas, para que la gente viera cómo eran [risas]. Creo que tienen muy asumido cómo soy.

¡Universo! ha sido tu cómic más exitoso. Comienza como un cómic digital en la plataforma de Panel Syndicate. ¿Cómo surge la posibilidad de trabajar con ellos?

Portada de «The Private Eye»

Yo tenía buen rollo con Marcos Martín, pero, sobre todo, tenía mucha amistad con Javier Rodríguez, que es a su vez muy amigo de Marcos. Cuando empezaron con la plataforma, se dio cuenta de que pasaba demasiado tiempo entre cada número de The Private Eye, y la gente dejaba de entrar. Por eso pensaron en ofrecerles la posibilidad a otros dibujantes de entrar en la plataforma y en el sistema de publicación. Así, todas las series se alimentan unas a otras. Un día quedamos para tomar un café y Marcos me lo propuso, seis meses antes de irme de El Jueves. Pero coincidió con un periodo en el que yo estaba convencido de que no duraría mucho, porque sentía que ya había hecho todo lo que tenía que hacer y la actualidad se me hacía cada vez más difícil. Me pareció que tener el paraguas de Panel Syndicate me daba una buena oportunidad; era el sitio perfecto en el que estar. Al cabo de una semana le mandé un montón de portadas, en lugar de un planteamiento de serie. Tenía claro que quería hacer algo del rollo Twilight Zone, o estos tebeos en los que en las portadas planteaban situaciones fantacientíficas muy locas. Quería historias autoconclusivas con sentido de la maravilla. Marcos me dijo que sí enseguida, es muy entusiasta, pero también es muy buen editor, siempre me comenta cambios, me propone cosas… Es el primer lector de cada tebeo.

Es el cómic tuyo con menos humor, aunque lo tenga. ¿Lo tenías pensado desde el principio, o te costó adaptarte a este nuevo registro?

La verdad es que ni me lo planteé. Antes de empezar, en mi cabeza, el tono era mucho más humorístico, pero, cuando me puse a escribirlo hubo cambios. El humor a mí me sale natural, pero, ahora, tenía una serie de ideas que me condicionaban, el pitch que me planteo al principio, los temas que veo que va a haber en la historia. Es algo más complejo, diferente a lo que había hecho hasta ahora, que creo que me distrae de hacer chistes. Estoy más pendiente de que la historia tenga un buen ritmo, una estructura que funcione… El humor es inevitable, y está en los diálogos, en las situaciones, pero no es primordial.

En 2018 se recopilaron los primeros números en un libro apaisado que publica Astiberri, que, de algún modo, se ha convertido en tu editorial…

Sí, de hecho, me llamaron en cuanto salió el primer número para preguntarme si lo iba a sacar con alguien [risas].

Es una serie que te ha deparado mucho éxito y hasta el premio que antes mencionabas a mejor obra nacional de Cómic Barcelona. Se da la circunstancia además de que tú ganaste el premio al autor revelación…

Sí, en el 97.

¿Lo has vivido como un cierre de ciclo? No hay muchos que hayan ganado los dos premios.

No lo sé, pero es cierto que el Salón, aunque lo hayamos podido criticar y que sea un evento que a veces se nos aleja un poco, incluso por una cuestión vital, es mi salón de cómic. He ido siempre, desde pequeño, y ganar los premios me resulta muy emotivo. Este último es verdad que cierra un ciclo, no lo había pensado así hasta ahora. Los premios están bien, sobre todo si tienen dotación económica, pero también creo que, a la postre, son una cierta injusticia. Me resulta muy difícil comparar y aplicar baremos. ¿Qué tebeo es mejor, ¡Universo!, Rey carbón o The Black Holes? Son muy diferentes, y algunos de los nominados eran mis favoritos del año. Cualquier decisión siempre es polémica, pero siempre he tenido dudas con la idea de premiar solo una obra, porque esto no es un deporte.

Portada de: «El Vosque»

Tu último trabajo, Solid State, con guion de Matt Fraction, lo publicas, precisamente, con una editorial que está vinculada a una librería: Gilgamesh.

Bueno, llevan muchos años publicando novelas, y este año han dado el paso de publicar también cómics, han publicado The Private Eye, El Vosque y algunas cosas de Cels Piñol. Creo que para ellos es un paso lógico, además, me comentaban que les da muy poco trabajo frente a una novela. También son mis amigos de toda la vida: voy a la librería desde los doce años. Además, Solid State es un cómic que saca Image en EE.UU., de forma que el trato con ellos lo hace Gilgamesh, yo no tengo nada que ver. Como soy amigo, me lo contaron, y fue guay, pero, en el fondo, yo podría no estar involucrado en ese proceso.

¿Cómo ha sido la experiencia de trabajar con Matt Fraction? ¿Ha sido la primera vez en la que trabajas con un guionista?

Solid State, colaboración de Matt Fraction y Albert Monteys

No, hace unos años hice una historia corta con guion de Hernán Migoya, pero Fraction ha sido mi segundo guionista. Es muy raro que yo trabaje así, de hecho, siempre he pensado que lo que más me mola de mi oficio es escribir. Trabajar con un guionista te descarga de lo más difícil: solo tienes que resolver la historia, contarla bien y aportar todo lo que puedas. En este caso, además, Fraction fue super amable conmigo. Creo que lo escribió pensando tanto en la música de Couton como en mi dibujo. Solo me quejo de los cascos dodecaédricos que le puso a cada personaje [risas]. Más allá de eso, creo que procuró que estuviera cómodo con el mundo, y fue muy abierto. Cuando trabajé con Migoya, que hace unos guiones super detallados, fui totalmente fiel, como una pieza de hardware. Pero en el caso de Solid State me lo tomé de otra manera, entendí que yo podía aportar cosas mías. Ha sido una buena experiencia.

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